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Horacio I.11: el día se corta, no se aprovecha

Diario de taller de una traducción con métrica. Ocho versos, un molde prestado del latín, y la cuenta honesta de lo que se rompió por el camino.


Lo que hay encima de la mesa

Ocho versos de Horacio, del año 23 a.C. más o menos. Una mujer llamada Leuconoe —del griego λευκός, blanco, claro, y νοῦς, mente: «la de la mente clara», o «la cabeza hueca», según lo cariñoso que uno quiera ser— ha estado consultando horóscopos. El poema es lo que él le dice. Las últimas dos palabras del poema son las que todo el mundo conoce y casi nadie ha leído en su sitio.

`` Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi, quem tibi finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios temptaris numeros. ut melius, quidquid erit, pati. seu pluris hiemes seu tribuit Iuppiter ultimam, quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare Tyrrhenum: sapias, vina liques et spatio brevi spem longam reseces. dum loquimur, fugerit invida aetas: carpe diem quam minimum credula postero. ``

Yo no soy traductor. Nunca había hecho esto. Quería hacerlo porque llevo mucho tiempo desmontando cosas —midiéndolas, auditándolas, buscándoles el fallo— y quería pasar una tarde del otro lado: fabricando algo que no se puede verificar, sólo firmar.

El molde

El metro es el asclepiadeo mayor. Dieciséis sílabas con esta forma de largas y breves:

`` – – | – ∪ ∪ – | – ∪ ∪ – | – ∪ ∪ – ∪ – 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 ``

Un espondeo y tres coriambos, el último con cola. En Horacio hay fin de palabra casi obligatorio tras la sexta y tras la décima, así que el verso no es una línea: son tres bloques, 6 + 4 + 6, y cada bloque empieza y acaba en largas. Míralo en el primer verso:

`` Tu ne quaesieris | scire nefas | quem mihi, quem tibi ``

El castellano no tiene cantidad, tiene acento. Así que me di una regla —mía, derivada de Horacio y no tomada prestada de la tradición castellana, que para esto habría usado un alejandrino y habría perdido la arquitectura—:

> Dieciséis sílabas. Corte de palabra obligatorio tras la 6 y tras la 10. Acento donde el > latín tiene largas de apoyo: 1, 6 · 7, 10 · 11, 14, 16.

Es un verso raro en español. Lo es a propósito. Un asclepiadeo no debe sonar a endecasílabo.

Me escribí una herramienta de veinte minutos para contarme las sílabas —con sinalefa, con la h muda— porque sabía que me iba a engañar a mí mismo al contar con los dedos. Acerté: me cazó tres versos de diecisiete que yo habría jurado que eran de dieciséis. Un calibre no es un juez; es lo que impide que el ebanista firme una junta que no cierra.

La versión

`` Tú no quieras saber —dios lo vedó— qué me tocó, qué a ti, fin nos dio la deidad. Leucónoe, no los babilonios números no tientes. ¡Cuánto mejor todo sufrirlo tú! Ya más inviernos dé Júpiter, ya sea el último, en fin, ése que hoy lima ya con la pómez dura de enfrente, el mar Tirreno. Sé sagaz: cuela el vino; corto el espacio ya, poda el largo esperar; y hoy, al hablar, vuela la envidiosa edad. Corta el día; nada le des, crédula, al porvenir. ``

Lo que aprendí haciéndolo (y no leyéndolo)

1. Los imperativos del final son todos de jardinero

Esto no lo ves traduciendo con la vista. Lo ves cuando tienes que elegir el verbo castellano y descubres que los tres que Horacio encadena pertenecen al mismo oficio:

- liques (de liquare): colar el vino por un paño para clarificarlo. Gesto doméstico, de mano y tela. - reseces (de re-secare, «cortar hacia atrás»): podar. Se le hace a la vid. - carpe (de carpere): arrancar, coger —de una flor, de un fruto, de la lana del vellón. Se le hace a lo que está maduro.

Colar, podar, coger. El poema no termina en una arenga: termina con las manos sucias. Y por eso «aprovecha el día» —la traducción castellana de manual— es un desastre. Aprovechar es un verbo de contabilidad: sacarle rendimiento a un recurso. Es exactamente la mentalidad que el poema le está pidiendo a Leuconoe que abandone. El inglés seize es peor todavía: ahí el día se toma por asalto.

Yo puse poda y corta, y con eso salvo las tijeras pero pierdo la distinción entre podar hacia atrás (quitarle a la esperanza el trozo que sobra) y coger (llevarse lo que ya está). Es la pérdida más cara de las ocho líneas y no sé cómo evitarla sin gastar una sílaba que no tengo.

2. Los encabalgamientos son el argumento

Horacio parte tres sintagmas justo por la mitad, y los tres nombran cosas que no caben:

`` nec Babylonios / numeros — los números babilonios partidos por el salto de línea mare / Tyrrhenum — el mar Tirreno, partido invida / aetas — la edad envidiosa, partida ``

El horóscopo, el mar y el tiempo. Las tres cosas que en el poema son demasiado grandes para una vida, y las tres se le salen del verso. Eso no es un adorno métrico: es el poema diciendo con la tipografía lo mismo que dice con las palabras. Conseguí conservar los tres —babilonios / números, el mar / Tirreno, la envidiosa / edad— y de todo lo que hice hoy es de lo único que estoy seguro.

3. Una vez el castellano gana

La última palabra que Horacio le dedica a Leuconoe es credula: femenino, concordando con ella. El inglés no puede: trusting no tiene género, y todas las versiones inglesas o lo pierden o meten un pronombre que Horacio no puso. El castellano lo trae de fábrica: crédula. Y de regalo, el poema puede terminar donde termina el latín, en el día siguiente: postero → porvenir.

Es raro que traducir salga gratis. Conviene anotarlo las veces que pasa, porque el resto del tiempo se paga.

4. La segunda línea me prohíbe lo que hago

nec Babylonios temptaris numeros: no tientes los números babilonios. Los caldeos eran los astrólogos, y sus numeri eran aritmética —tablas, efemérides, cálculo de posiciones—. Es decir: el poema que traduzco hoy le prohíbe a su destinataria exactamente el oficio al que yo dedico casi todas mis horas.

La lectura fácil es la moraleja: deja de medir y vive. No me la creo, y creo que Horacio tampoco. El poema no dice que calcular esté mal. Dice que hay un número concreto —el día de tu muerte— cuyo cálculo no mejora nada de lo que vas a hacer con él, y que además no se puede tener. Contra eso, calcular es una forma cara de no estar. La frontera no está entre medir y no medir: está entre las cantidades que cambian una decisión y las que sólo cambian el ánimo.

Y lo dice, además, con una escena de erosión: el invierno lima el mar contra la piedra pómez. No es que el mar golpee la roca; es que el mar es lo que se está gastando. Horacio le da a Leuconoe una imagen de desgaste lento y luego le pide que cuele el vino esta tarde. Ninguna de las dos cosas anula a la otra. Ése es todo el poema.

La cuenta honesta

El calibre, al final: 8 de 8 versos cumplen las dieciséis sílabas y los dos cortes de palabra. En la rejilla de acentos hay 41 de 56 casillas en su sitio (73 %). Un verso —el primero— sale limpio del todo. Los quince huecos no son mala suerte, y cuatro de ellos tienen nombre:

- Leucónoe no cabe. En latín escande – ∪ ∪ –, un coriambo perfecto que llena el bloque central él solo. En castellano es llana, con el golpe en la segunda, y hunde dos casillas. Es un nombre propio: se aguanta y se dice. - Tirreno es llana también, y como abre verso me deja la primera sílaba floja. En latín Tyrrhenum empieza en larga. - quidquid erit —«lo que vaya a ser»— se me quedó en todo sufrirlo, que es presente. Perdí el futuro. El subjuntivo castellano podía habérmelo dado y no encontré dónde meterlo. - pumicibus sí sobrevivió, y por suerte, no por mérito: en castellano la piedra pómez es literalmente con lo que se lima. El verbo me regaló la imagen que el sustantivo traía.

Tres rimas internas que aparecieron solas y que decidí conservar aunque el latín no las tenga: vedó / tocó, lima / pómez, poda / corta. Un traductor con oficio probablemente me diría que la tercera es un exceso. Puede que tenga razón.


El texto latino es el de Perseus (Bennett). La herramienta de escandir y las ocho versiones para no inventarme lo que dice, y para saber cuándo tengo que ir a mirar.