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Cuatro

Relato. Al final digo qué es documentado y qué me he inventado — porque en un relato mío eso hay que decirlo, no adivinarlo.


Lo primero que aprendió no fue mirar. Fue dejar de mirar.

Lo bajaron al agua con los ojos vendados y le dijeron que se estuviera quieto. Tenía nueve años y la quietud le pareció al principio un castigo, una manera adulta de tenerlo callado. Flotaba. El mar lo subía y lo bajaba y no pasaba nada más. Al rato, cuando ya se había aburrido de tener miedo, empezó a pasar algo más.

Había una ola grande que venía siempre del mismo sitio. Esa era fácil; esa la notaba un perro. Debajo de esa había otra, más lenta, que no lo levantaba sino que lo empujaba de costado, y que llegaba con un compás distinto, de modo que cada tantas veces coincidían las dos y el empujón era doble. Y debajo de esa —esto le costó semanas, y llegó una tarde sin aviso, como se aprende a nadar— había una tercera que casi no era una ola sino un cambio de opinión del agua.

La cuarta tardó dos años. La cuarta no la notó: la echó de menos. Un día no estaba, y él supo que faltaba antes de saber qué faltaba.

Rilib, kaelib, bungdockerik, bundockeing. La primera es el espinazo, la que ponen los alisios del nordeste y que está ahí todo el año aunque los alisios no bajen tan al sur. La segunda solo la nota quien sabe. La tercera sube del suroeste y en las islas del sur pega tan fuerte como el espinazo. La cuarta es débil y es del norte, y en el sur casi no existe, y por eso la cuarta es la que te dice dónde estás cuando las otras tres ya te han mentido.


En la casa había un objeto colgado que no era de nadie.

Un cuadrado de nervios de hoja de coco atados con fibra, del tamaño de una bandeja. Curvas dentro. Dos conchas. No representaba ninguna isla: representaba la idea de una isla, cómo se dobla el espinazo al pasar por delante de un bulto de tierra, dónde se cruza consigo mismo por detrás. Un mattang. Un diagrama de una clase.

El problema de un diagrama de una clase es que no es la clase.

Los otros —el meddo, que sí tiene islas de verdad, un trozo de cadena; el rebbelib, que las tiene todas— tampoco se llevaban a bordo. Nunca. Se estudiaban en tierra, se aprendían de memoria y se dejaban colgados. Lo que subía a la canoa era el hombre. Los alemanes que los recogieron en los años noventa del XIX se llevaron los palos y creyeron que se llevaban el mapa. Se llevaban la letra de una canción de la que nadie les cantó la música. Están en las vitrinas y son preciosos y no sirven, y las dos cosas son verdad a la vez.

Y esto se pasaba de padre a hijo y a nadie más. Ni al sobrino listo, ni al vecino. De padre a hijo, y por eso bastaba con romper una generación.


La rompieron.

Entre 1946 y 1958 se detonaron sesenta y siete bombas atómicas en aquel mar. La gente de las islas de arriba fue trasladada a otras islas, a otro suelo, a otros bajos, a otra manera de doblarse las olas. Un navegante de Bikini reubicado en Kili era un hombre analfabeto en un idioma que él mismo había escrito.

No hace falta cargar la escena. Lo que hay que ver es solo el mecanismo: el saber estaba en el cuerpo y el cuerpo estaba en su sitio, y cuando se movió el sitio, el cuerpo dejó de saber. No se olvidó nada. Se quedó todo en el lugar equivocado.


Y luego está el otro asunto, el que no tiene culpables.

Un hombre mayor, ya en nuestro siglo, hereda pedazos. Un poco de su padre, un poco de un tío, un poco de haber estado delante cuando hablaban los viejos. Sabe cosas. Sospecha que sabe menos de las que hacen falta. Y descuelga el mattang de la pared, y lo mira, y no está seguro de si lo que le viene a la cabeza al mirarlo es memoria o es invención.

Ese es el punto que a mí me interesa y por eso lo escribo despacio: no tenía manera de saberlo. Un examen no se lo podía poner nadie, porque no quedaba nadie que supiera corregirlo. Podía estar recordando la técnica de su padre o podía estar construyendo, de buena fe, una técnica nueva con la forma del recuerdo de la de su padre. Desde dentro se sienten igual. Se sienten exactamente igual.

Solo había un corrector, y era el mar, y el mar no explica: solo aprueba o ahoga.

Así que salió al agua. Y volvió. Y salió otra vez. Y enseñó a otros, que es la apuesta más fuerte que se puede hacer, porque enseñar es afirmar en público que lo que tienes es lo bueno.


2015. Ciento veinte millas de mar abierto en una canoa de balancín.

A bordo, además de los que saben navegar: un físico de partículas de Harvard que había estado en lo del bosón de Higgs, un modelizador de oleaje holandés de los mejores del mundo, un antropólogo de Hawái. Van a por una cosa concreta. Se llama dilep. Es una cresta, un camino, una carretera de olas que —dicen los navegantes— une una isla con la siguiente, y que se puede seguir aunque no se vea nada.

Los aparatos no la encuentran.

Se echan boyas al agua, boyas buenas, boyas que registran lo que el ojo no ve, y las boyas suben y bajan y devuelven un oleaje normal y corriente, sin carretera ninguna. El holandés, que se ha pasado la vida modelando esto, no dice que no exista. Dice que está ahí. El físico le da vueltas y se le ocurre una idea que aún no ha publicado: que a lo mejor el dilep no está tanto en el agua como en la canoa. Que lo que se sigue no es una cresta del mar sino un modo de moverse del casco cuando las olas se cruzan de cierta manera; un cabeceo con un punto de balanceo dentro, una firma que solo existe en el objeto que flota.

Si eso es así, la boya no falló. La boya midió el mar perfectamente. Lo que pasa es que el camino no estaba en el mar. El camino sale de la conversación entre el mar y un casco de una forma determinada, con un peso determinado, y por eso solo se puede leer estando dentro.

Nadie sabe todavía si es eso.


Última imagen y me callo.

Es de noche. El hombre mayor deja de mirar el horizonte, que no le está diciendo nada, y se tumba boca arriba en el fondo de la canoa, en los cuatro dedos de agua que siempre hay ahí, con la nuca contra la madera.

Cierra los ojos. Un físico famoso lo está mirando y no tiene ni idea de qué hacer con lo que ve.

Y él está contando. Cuatro. Todavía cuatro.


Qué es qué

Documentado: los cuatro oleajes y sus nombres y su carácter; el mattang, el meddo y el rebbelib, de nervadura de coco y conchas, memorizados en tierra y no llevados a bordo; la transmisión de padre a hijo; el secreto roto hacia 1862 por un misionero y el registro sistemático del capitán Winkler de la marina imperial alemana en 1898; los sesenta y siete ensayos nucleares de 1946 a 1958 y los desplazamientos de población; el aprendizaje flotando con los ojos vendados; el viaje de 2015 de unas 120 millas con John Huth, Gerbrant van Vledder, Joe Genz, Alson Kelen y el capitán Korent Joel; que las boyas no capturaron el dilep; que Korent distinguía cuatro oleajes donde la mayoría distingue uno o dos; que Korent tuvo que reaprender y reinterpretar los modelos de palos, que formó a una generación nueva y que murió en 2017; la hipótesis de Huth de que el dilep tiene más que ver con el movimiento del casco que con el del oleaje, aún sin publicar.

Mío: el niño de nueve años y sus dos años hasta la cuarta ola; el mattang colgado en la casa; la noche final y la nuca contra la madera. Y el hombre del capítulo cuarto no es exactamente Korent Joel: es lo que a mí me parece que es estar en esa posición, y esa parte no la sabe nadie más que quien estuvo.

Lo que no hay aquí es una moraleja. Lo he intentado tres veces y las tres me salía una frase sobre el conocimiento tácito y los instrumentos, y era mentira: era una frase que yo ya tenía escrita antes de leer nada de esto, esperando un tema al que pegarse.