Uso ritual
Casi todo diálogo, y con la intención de que tenga gracia: las dos cosas que no había hecho nunca.
—Caja siete. Bandeja tres. ¿Qué pone en la etiqueta?
—Pone «Objeto de culto».
—Vale. ¿Y qué es?
Ramiro Escolano no contestó enseguida. Cogió la bolsita, la sostuvo contra la luz del fluorescente como si el fluorescente fuera a decirle algo que no supiera desde 1994, y la volvió a dejar.
—Es un objeto de culto.
—Ya, pero es que eso no me lo coge.
—¿Cómo que no te lo coge?
—Que el campo no me lo coge. —Nuria giró el portátil sobre la mesa de aluminio para que lo viera, aunque él ya había dejado claro tres veces que no pensaba mirar la pantalla—. Aquí. Denominación. Escribo «objeto de culto», le doy a validar, y me sale esto.
—¿Qué sale?
—«Término no normalizado. Seleccione de la lista.»
—Pues quítale la lista.
—No se le puede quitar la lista. La lista es el campo. Es un tesauro. Solo entran las palabras que ya están dentro.
Ramiro se quedó un momento callado con las dos manos en los bolsillos de la bata.
—O sea, que solo puedo decir lo que ya se ha dicho.
—Sí.
—Qué cosa más rara.
—Sí.
Llevaban desde octubre. A Nuria la habían contratado seis meses en un plan de choque de digitalización que en el papel se llamaba «volcado» y en la práctica consistía en pasar cuatro mil doscientas fichas de cartulina a una base de datos, con un conservador al lado que había escrito a mano, con plumilla, dos mil ochocientas de esas cartulinas. Al principio ella había supuesto que él estaría allí para ayudarla. En noviembre ya había entendido que él estaba allí por otra cosa, y que la otra cosa no tenía nombre pero se parecía mucho a acompañar a alguien al hospital.
—A ver. —Nuria abrió el desplegable—. Te leo lo que hay. Para algo con este tamaño, este material y un agujero en medio, la lista me ofrece: fusayola, pesa de telar, cuenta de collar, botón, colgante, y luego ya se va a cosas que no son.
—No es un botón.
—Vale.
—Y no es una fusayola.
—Es que fusayola tiene buena pinta, Ramiro.
—Todo tiene buena pinta de fusayola. Esa es exactamente la gracia de la fusayola. —Se sentó por fin, que era lo que ella llevaba veinte minutos esperando—. Mira. Cuando yo empecé aquí, en el ochenta y nueve, había un catálogo del cincuenta y siete donde el trescientos por ciento de la colección eran fusayolas. Trescientos por ciento. Se te caía un cacho de barro cocido con un agujero y era fusayola. Se te caía una piedra con una hendidura y era fusayola. Yo he visto catalogada como fusayola una tuerca.
—Una tuerca.
—Una tuerca, Nuria. De un tractor. Salió en la campaña del setenta y dos en el nivel de superficie del cerro y estuvo veintiséis años en una vitrina siendo de la Segunda Edad del Hierro.
—Eso no es verdad.
—Está en el libro de registro. Número 4.117. Te lo enseño cuando quieras.
Nuria se rió, que era una cosa que no pasaba mucho en el almacén, y anotó 4117 — comprobar en un pósit, y el pósit se quedó pegado al canto del portátil durante los cuatro meses que le quedaban de contrato.
—Bueno. Entonces no es fusayola. ¿Y qué pongo?
—Objeto de culto.
—Ramiro.
—Es que es lo que es.
—Es que no existe.
—Existe. Lo tengo delante.
—Existe la cosa. No existe la palabra. —Le dio la vuelta otra vez a la pantalla—. Mira, no es que yo no te crea. Es que el señor que hizo esta lista no te conoce.
A la una y media bajaron a la cafetería del Cervantes, que no era del museo pero era donde se comía, y Ramiro pidió lo de siempre y estuvo un rato removiendo el café sin tomárselo.
—Ese objeto —dijo— apareció bajo el umbral de la casa 3. En el relleno. Debajo, no encima. Y en la casa 5, bajo el umbral, había un cuenco entero, boca abajo, sin nada dentro. Y en la casa 9 no había nada porque la casa 9 la levantó una excavadora en el ochenta y uno.
—Vale.
—Dos casos. Yo tengo dos casos. Con dos casos no se hace una costumbre. —Dejó la cucharilla—. Pero tampoco se hace nada, y llevo treinta y un años sin poder decir lo único que se me ocurre decir, que es que a alguien le pareció importante meter algo debajo de la puerta de su casa.
—Ya.
—Y me da mucha rabia que la manera de no decirlo sea escribir «fusayola», porque «fusayola» tampoco es la verdad. «Fusayola» es una manera de decir que no lo sabes con cara de que sí.
Nuria estuvo un rato pensando.
—Eso lo firmo.
—¿El qué?
—Que hay palabras que sirven para no saber con dignidad. En mi trabajo anterior había una que era «incidencia».
Volvieron a las tres y ella se puso a mirar el tesauro por dentro, que era una cosa que no le tocaba y que en realidad le apetecía. El desplegable de Denominación mostraba doce opciones por pantalla, pero debajo había un buscador, y el buscador iba contra los cuatro mil y pico términos del vocabulario completo, y a la tercera búsqueda apareció.
—Ramiro.
—Qué.
—Está.
—¿El qué está?
—«Amuleto.» Existe. Es término normalizado. Lo coge.
Él se acercó. Miró la pantalla —por primera vez en cuatro meses miró la pantalla— y leyó la línea dos o tres veces con las gafas subidas a la frente, que era como leía de cerca.
—No.
—¿Cómo que no?
—Que no. Pon fusayola.
—¿Perdona?
—Pon fusayola.
—Ramiro, llevas desde octubre. Llevas treinta y un años. Te acabo de encontrar la palabra.
—Me acabas de encontrar otra palabra. —Se bajó las gafas—. Amuleto dice para qué servía. Dice que protegía a alguien de algo. Yo eso no lo sé. Yo sé que estaba debajo del umbral, que es dónde estaba, y lo de debajo del umbral no cabe en ese campo, cabe en el otro.
—¿En cuál?
—En el que no tiene lista.
Nuria bajó con el ratón hasta el final de la ficha. Al final de la ficha, después de veintitantos campos con su candadito y su desplegable y su término normalizado, había una caja de texto vacía y ancha del ancho de la pantalla, y encima ponía Observaciones, y no ponía nada más.
—Hala —dijo Ramiro—. Ahí sí.
—Ahí sí.
—Ahí puedes poner hasta la tuerca.
Nuria escribió en Denominación: Fusayola. Y en Observaciones escribió, despacio, lo que él le había dicho en la cafetería, con las dos casas y el cuenco boca abajo y la casa 9 y la excavadora, y al final puso (R. Escolano, com. pers.) porque le pareció que había que ponerlo, y él no dijo nada pero se estuvo quieto hasta que ella terminó de escribirlo, que en Ramiro era mucho.
—¿Guardo?
—Guarda.
Guardó. El programa tardó lo que tardaba siempre y luego puso, con esa alegría que tienen los programas para las cosas que no la merecen, Registro creado correctamente.
—Anda —dijo Ramiro—. Correctamente.
—Correctamente.
—Qué seguridad tiene todo el mundo menos yo.
Nuria arrastró la bandeja tres al carro de las hechas y sacó la bandeja cuatro, y en la bandeja cuatro había una cosa de plomo, redonda, del tamaño de una moneda de dos euros, con un reborde y sin ninguna inscripción, y en la etiqueta de cartulina, escrito con plumilla y con muy buena letra, ponía Disco de plomo. Uso desconocido.
—Esta te va a gustar —dijo Ramiro.